Hay tacos que recuerdas por el sabor. Otros por la salsa.
Y luego están esos tacos que se te quedan tatuados porque sobreviviste para contarlos.
Esta historia pasó una madrugada cualquiera, después de uno de tantos toquines: evento recio, cansado, rock y ska a madres, chelas sin culpa y esa hambre cabrona que solo aparece cuando ya vas de regreso a la base con la camioneta llena de equipo.
La parada fue obligatoria. Las 3 o 4 de la mañana. Una taquería sola. Suadero, tripa, longaniza, campechanos. La gloria pues.
Éramos pocos: el bajista y su novia, el baterista y su novia, el trompetista y yo. Nada más la taquería… y nosotros.
Todo iba perfecto hasta que llegó el chacal.
Un güey bien barrio con la realidad bien pinche alterada, mentando madres desde afuera, gritándole al taquero, amedrentándolo como si la madrugada fuera suya. Ecatepunk no perdona.
Don taquero —héroe anónimo— ni se inmutó. Se quedó dentro del puesto, inmóvil, con esa postura universal de supervivencia: “si no me muevo, no me ve”.
Pero el chacal, con el superpoder de las monas, sí lo vio. Encontró la entrada al puesto y se metió el cabrón.
Todo pasó rápido… tan rápido que nosotros seguíamos comiendo. No porque fuéramos valientes, ni madres!, sino porque no entendíamos que iba en serio, hasta que pasó… Pistolon de fuera y disparos al techo!!! Y entonces sí: todos corrimos como si nadie trajera dinero para pagar los tacos.
El trompetista y yo nos escondimos detrás de un coche. Y mientras buscábamos al baterista y a su novia, lo vimos… El bajista…
Estaba agachado en cuclillas, llevándose la mano al rostro y nosotros imaginábamos lo peor… Mientras que el, lo hacia para degustar su taco, se había llevado su plato de tacos recien servidos el muy cabrón!!! Estaba ahí, comiendo despreocupado mientras observaba la escena de manera minuciosa, con calma quirúrgica. Hay que decirlo: ese muchachon tiene formación militar avanzada.
En nuestra mente ya lo veíamos: poniéndose unas ramas en la espalda, rayándose los pómulos con lodo y avanzando pecho tierra para rescatar a don taquero. Todo un rambo !!!
Pero no, no pasó, siguió comiendo el muy cabrón.
El chacal se canso, cumplió su misión de dejar en claro quien manda y se fue, después de una enciclopedia de improperios hacia don taquero. No robo ni saqueo, solo dejo su marca y se fue.
Regresamos por la camioneta —el trompetista incluso se había llevado su refresco— y fue ahí cuando nos dimos cuenta:
El baterista y su novia habían estado todo el tiempo dentro de la camioneta, comiéndose sus tacos, tomándose su refresco, sin pedos, viendo la película completita desde primera fila.
Ese taco no nos cambió la vida, pero nos salió gratis!
Dejamos todo y nos fuimos sin pagar, por órdenes directas de don taquero.
Y a veces, compa, eso también cuenta como victoria.
Tienes una historia mamalona digna de contarse en las Historias de taquería!? mándala al WhatsApp oficial de La Guía del Taco, nosotros la publicaremos sin broncas !!!
